Según me acercaba, su fuerza y su olor eran cada vez más intensos, el color se había tornado de un verde azulado coronado por fugaces crestas blancas. A pesar de los rociones y la hostilidad reinante me acerque decidido, no conocía el motivo, pero me acerque igualmente. En ciertos momentos uno es perfectamente consciente de que algo irremisiblemente esta por suceder. Próximo al final del corto trayecto me tome un momento de resuello, tan solo para contemplar en todo su esplendor lo que la naturaleza me brindaba. El mar embravecido, mas bien irritado, con ese movimiento hipnotizante y con esos inverosímiles destellos que solo las exiguas luces del ocaso son capaces de arrancarle. En el horizonte, sobre la dorada línea del sol corrían veloces las nubes, con sus contornos definidos por la refracción de los rayos en sus miles de minúsculas gotas. Resultaba sobrecogedor, llevaba toda mi vida observandole en infinidad de estados, nunca cesaba de sobrecogerme, de sorprenderme.
Llegado a este punto saqué un arrugado pitillo del bolsillo y ahuecando la mano lo encendí, resulta curioso, pues el tabaco es una de las primeras cosas que me vienen a la mente cuando la naturaleza muestra todo su esplendor, y sin embargo es el tabaco sucio y vil, lo que viene sugerido por la belleza y la pureza. El cigarrillo se extinguió velozmente, el viento acorto su vida llevándose al mar las diminutas pabesas. Decidí guardarme la colilla y disfrutar de la perfecta estampa, poco después llegaba al final del estrecho espigón y me acodaba en su extremo presto a disfrutar de los últimos rayos.
Ya se había ido, y con el, el crisol que arrastra, las emociones, los sueños... llegaba la noche, el sueño y el miedo, las dudas y los porques. Pronto las luces artificiales desbarataron la atmósfera reinante, los perros, sus dueños, los deportistas, los pescadores... era el momento de marcharse, finalmente y como todos los días nada sucedió, tan solo el sur y el atardecer de otoño.

Llegado a este punto saqué un arrugado pitillo del bolsillo y ahuecando la mano lo encendí, resulta curioso, pues el tabaco es una de las primeras cosas que me vienen a la mente cuando la naturaleza muestra todo su esplendor, y sin embargo es el tabaco sucio y vil, lo que viene sugerido por la belleza y la pureza. El cigarrillo se extinguió velozmente, el viento acorto su vida llevándose al mar las diminutas pabesas. Decidí guardarme la colilla y disfrutar de la perfecta estampa, poco después llegaba al final del estrecho espigón y me acodaba en su extremo presto a disfrutar de los últimos rayos.
Ya se había ido, y con el, el crisol que arrastra, las emociones, los sueños... llegaba la noche, el sueño y el miedo, las dudas y los porques. Pronto las luces artificiales desbarataron la atmósfera reinante, los perros, sus dueños, los deportistas, los pescadores... era el momento de marcharse, finalmente y como todos los días nada sucedió, tan solo el sur y el atardecer de otoño.

Atentamente