Ya estaba en camino, atrás quedaba el mar, el sol, las olas... el atardecer, siempre he sentido envidia de aquellos que lo han visto en miles de ocasiones y de mil maneras, aquellos que viendolo, sus colores y formas , son conscientes del tiempo que hará al día siguiente. Resulta clarificador pensar que cuanto más espectacular es este, más inclemente se mostrará el cielo al día siguiente, y digo clarificador pues siempre he creído que la naturaleza y su devenir son como la persona, después de la tormenta siempre viene la calma, y tras demasiado calor siempre acaba apareciendo la lluvia, pero siempre nos da indicios, el atardecer, el role del viento, la bruma.
En esas me encontraba, sorteando las terrazas vacías, y enfilando la calle que me conduciría a casa a través del parque. Pronto, con los árboles ya a la vista empecé a sentir el fuerte viento encañonado entre los edificios, un escalofrío recorrió mi espalda, y aun no entendiendo los indicios supe que o corría, o me mojaría. Como buen incompetente no lo hice a tiempo y pronto noté las frías gotas sobre mi cara, pero había conseguido llegar al parque, y como la lluvia arreciaba, me apresure a ponerme bajo el viejo roble, aquel que mi perro veneraba, aquel, cuyas verdes hojas ya me habían servido de refugio.
Acerque mis manos y soplé, las tenía mojadas y frías, de repente un resplandor seguido de un ruido atronador. Tormenta eléctrica, recuerdo cuando de pequeño me pasaba horas en la terraza de casa de mi abuela en la aldea, envuelto en una manta y viendo como la tormenta avanzaba por el valle, contando... 1, ciento once, 2 ciento once, 3 ciento once.... Instintivamente levanté la mirada al cielo, las algodonosas nubes del atardecer se habían convertido en algo estremecedor, se habían compactado, reproducido hasta ocupar todo el cielo, destacando como un manto sobre los últimos estertores de la luz del sol. Vi otro, me dejo helado, así como el atardecer me sobrecoge, las tormentas me fascinan y me asustan, no porque tema morir por un rayo, si no que me hacen pensar, pensar en aquello que me deprime, la angustia, me hace sentir pequeño, débil, repaso mis actos, me culpo a mi mismo por el tiempo perdido, las oportunidades perdidas, los amores sacrificados vanamente. La culpa, la culpa te deja inoperante, se perpetúa y se engorda a si misma, hasta que te consume... Empezaba la noche, oscura, axfisiante, donde las horas pasan despacio y la mente te juega malas pasadas, pero como todo, la noche deja paso al día, y la tormenta deja paso al sol y a las estrellas... o no.

Atentamente